Capítulo de muestra
El Yiye que yo conoci
Dr. Luis Ángel Díaz Pabón
Fragmento
Introducción
Antes de que usted se sumerja en la lectura de este libro, deseo adelantarle algunos pensamientos y experiencias particulares. Lo quiero hacer consciente de que en ciertos capítulos veremos estas observaciones en mayor detalle.
He visitado todos los países del continente americano y en casi todos he predicado en varias ciudades. También he cultivado amistad con muchos de los evangelistas más conocidos en las últimas décadas del mundo hispanohablante, y nunca estuve en un país o hablé con algún líder donde no surgiera la conversación o me comentara algo acerca de Yiye Ávila.
Por eso deseo hacer una declaración que quizás me causará problemas con algunos amigos. Pero no temo afirmar que, desde la década de los setenta hasta la primera década del siglo XXI, Yiye Ávila fue el evangelista de mayor influencia en Latinoamérica. No creo que durante esos cincuenta años hubiera alguien que les predicara directamente a más personas que Yiye. Esto lo digo después de considerar datos tan elocuentes como la cantidad de lugares de sus campañas, la duración de los eventos, la frecuencia de ellos, la asistencia de personas y los resultados evangelísticos obtenidos.
La manera en que el equipo de trabajo de Yiye registraba las conversiones de fe era rigurosa, como rigurosa era su vida de oración. Para la segunda mitad de la década de los ochenta le escuché un informe donde dijo que Dios exigía de él cuando menos tres horas de oración diarias, y que, por algunos años, sus campañas llegaron a promediar cien mil conversiones anuales.
El evangelista Pedro Rosa, uno de los coordinadores de las campañas de Yiye, me dijo que en Bolivia se registraron 57 000 conversiones en una gira, y en Perú 53 000. Estas son profesiones de fe con nombres y direcciones registradas, no estimaciones aproximadas. Nunca escuché de números como esos en Latinoamérica. Mientras hablaba con Pedro Rosa, se mostraba emocionado, y decía refiriéndose a Yiye: «Ese hombre era un fenómeno».
Su último aniversario
Sonó el teléfono y era la inconfundible voz de Tommy Figueroa, para entonces considerado la mano derecha de Yiye y vicepresidente del Ministerio Cristo Viene. Después de intercambiar saludos, me hizo saber que Yiye cumplía cincuenta años de ministerio y lo celebrarían con una noche de ministración al pueblo de Dios en la ciudad de Arecibo, Puerto Rico. Deseaban que el evangelista Eugenio Jiménez fuera el predicador de la celebración. Tommy me pidió que realizara el contacto con Jiménez para extenderle la invitación. En efecto, el hermano Eugenio Jiménez fue el predicador de dicha celebración.
Recuerdo que unos años antes de ese evento, estando en la casa de Eugenio Jiménez, en lo que parecería un museo de proezas divinas, encontré una foto en la que se distingue un hombre joven y fornido muy parecido a Yiye Ávila. El evangelista me dijo: «En mi campaña de Quebradillas, Yiye levantó su mano dando testimonio público de su conversión».
Me propuse viajar a Puerto Rico y estar presente en la actividad. No podía faltar a tan importante encuentro. Llegué más o menos a la hora a la que debía dar inicio, pero no estaba preparado para lo que vi. Tuve que estacionar a unas cuadras del coliseo porque ya en el estacionamiento no había cupo. Mientras caminaba hacia el lugar, escuchaba los comentarios de la gente que, en procesión, regresaba triste por no haber podido entrar. Igual número avanzaba hacia el coliseo con la esperanza de que lograrían el acceso. La frustración era evidente y los comentarios desgarradores: «Yo quería ver a mi viejito por última vez», decía una anciana. «Esta ofrenda se la enviaré por correo», comentó otra. «¡Yo no me quedo sin verlo!», exclamó un joven que se apuraba cuesta arriba.
Para ese pueblo el famoso predicador no era un extraño, era familia. Evidentemente había calado muy profundo en sus corazones. Su jocosidad, sus refranes y la ternura de su mirada le habían granjeado el amor de su gente. Muchos de ellos eran convertidos de sus campañas, otros, sanados en sus cultos, y la mayoría lo tenían como su predicador favorito. Lo cierto es que el anciano era visto como un padre para unos y como un abuelito para otros.
Habían pasado cincuenta años desde su conversión e inicio de su ministerio. Eso significaba que yo había pasado mi vida entera oyéndolo predicar; que había sido testigo del desarrollo de uno de los ministerios más grandes de la historia del mundo hispano, y que ahora era testigo del impresionante cierre de este ministerio. Pensé: Contaré esta historia a mis nietos.
Durante el servicio, se apersonaron líderes religiosos, políticos y otros famosos para reconocer la labor realizada por un Yiye Ávila, que para entonces mostraba en su cuerpo el efecto de los años y el desgaste por el duro trabajo de cinco décadas. El gobernador de Puerto Rico, Luis Fortuño, estuvo acompañado de senadores, miembros de la cámara y otros funcionarios. Jiménez predicó un gran sermón, y aunque no se esperaba que el anciano Yiye ministrara, Eugenio quiso honrarlo acercándole el micrófono para que orara. Fue un momento inolvidable; la multitud se levantó entusiasmada, Yiye pegó un grito de alabanza y el ambiente volvió a ser el mismo de cada cruzada. Se respiraba unción en el aire. Era una mezcla de amor, respeto y admiración.
Busqué un lugar donde pudiera arrodillarme y orar, dando gracias por el privilegio de ser testigo de estas cosas. Pensé sobre la importancia de que todo esto se les cuente a las próximas generaciones. Y supuse que de alguna manera intentaría estimular a la persona que escribiera esta historia. Ya en el auto, mientras tomaba la autopista de regreso a la capital, llegó la idea de que el libro pudiera llamarse El Yiye que yo conocí. Y así ocurrió. Cada persona influenciada debe tener la oportunidad de compartir su perspectiva personal acerca del Yiye que conoció.
Hace unos años, cuando el jefe de ventas de una editorial me preguntó si yo deseaba escribir la biografía de Yiye Ávila, le dije que no. Luego aclaré: «no procuro escribirla, pero estaría dispuesto si se dieran ciertas circunstancias». Me preguntó cuáles, y le dije: «Son tres mis requisitos: que la junta directiva del Ministerio Cristo Viene apruebe unánimemente que yo sea el autor; que Carmen Delia “Yeya” Ávila, la viuda de Yiye, esté de acuerdo, y que Doris, la única de las tres hijas que aún vive, respalde el proyecto». Dios se encargó de que las tres condiciones se dieran, y en la armonía del acuerdo emprendimos esta tarea. En ninguna circunstancia quería incomodar a la gente con la que he compartido tan maravillosas experiencias.
He entrevistado a cientos de personas que me han contado sus experiencias. No todas son mencionadas en este libro, pero todas ayudaron a enriquecer el contenido. Creo que si contara todo lo que he escuchado sobre Yiye, el documento tendría miles de páginas. He conversado con familiares, miembros del Ministerio Cristo Viene, con evangelistas, coordinadores, pastores, políticos, gente sanada y convertidos de las campañas en unos veinte países.
En cada conversación mis preguntas intentaban descubrir cómo era el Yiye que esa persona había conocido. Le pregunté a Tommy Figueroa, actual presidente del Ministerio Cristo Viene, qué era lo que más le impresionaba de Yiye. Como si hubiese estado esperando la pregunta, respondió: «Su amistad con Dios». La respuesta de Tommy resumió lo que tantos me habían comentado. Yiye vivía, conversaba, consultaba y se reía con Dios como viejos amigos.
Vinimos a enterrar las hachas
Entre las historias que me contaron los mismos protagonistas, se destaca la de dos líderes que visitaron a Yiye para comentarle sobre la conducta impropia de otro líder cristiano. Ellos deseaban que Yiye se distanciara de ese pastor. Terminado el argumento, Yiye les preguntó: «¿Ya tomaron tiempo para orar por él y preguntarle a Dios qué hacer para levantarlo? ¿No? Entonces arrodíllense aquí conmigo y oremos por él». Enseguida irrumpió en oración, con un clamor desgarrador. Pedía a Dios que perdonara al pastor en cuestión y le diera otra oportunidad. Esos dos líderes salieron de la oficina de Yiye y llegaron a la oficina del pastor caído. Después de contarle lo ocurrido, le dijeron: «Venimos a enterrar las hachas con las que te estábamos despedazando». Esa experiencia describe el carácter restaurador y reconciliador que caracterizó a Yiye. Dios no está en la labor de difamar, y Yiye lo sabía.
Algunos reciben sanidad
La fraternidad de concilios pentecostales de Puerto Rico invitó al evangelista Luis Palau a predicar en el estadio Hiram Bithorn, en la celebración del Domingo de Resurrección. El Dr. Rubén Proietti y Palau me dijeron que deseaban invitar a un almuerzo a algunos evangelistas presentes en el evento. Me concedieron el honor de ser quien los invitara, y señalaron que serían Yiye Ávila, Eugenio Jiménez, Raimundo Jiménez, Jorge Raschke y yo.
Palau eligió sentarse junto a Yiye, haciendo evidente su interés en conocerlo mejor. Yiye pidió ensalada, y los demás, carne. La reunión fue muy amena. Hubo comentarios sobre las familias, sobre experiencias, países y futuras actividades. La cercanía física entre Palau y Yiye les permitía conversar de forma más o menos íntima. Palau se acomodó en su silla como procurando captar la atención de Yiye, y le dirigió la pregunta: «Hermano Yiye, he escuchado que Dios le ha dado un hermoso don de sanidad divina». La espontánea respuesta de Yiye quedó grabada en mi memoria hasta el día de hoy: «Yo no sé si Dios me ha dado don de sanidad o no, pero cuando yo veo a un enfermo se me parte el corazón y oro con todas mis fuerzas por un milagro, y algunos reciben sanidad».
Mi conversación con Doris y Yeya
Mientras conversaba con Yeya y con Doris, venía a mi mente este versículo: Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna (Mateo 19:29).
Me preguntaba por qué siempre conocemos acerca del que deja todo por el nombre del Señor y es premiado por su sacrificio, pero no escuchamos de aquellos que fueron dejados. Pensé que sería interesante entrevistar a la madre del joven Juan, el que dejó el negocio de la familia y se fue con Jesús. Sería bueno entrevistar a la suegra de Pedro y a su hija. O entrevistar a la esposa de Mateo el publicano, que seguramente se daba una holgada vida con el abundante dinero que este recibía cobrando impuestos antes de irse a caminar con Jesús. O a la familia de José de Arimatea, quien donó el sepulcro donde podían ser enterrados sus parientes.
Teniendo frente a mí a estas mujeres, me dije, hoy sabré qué sintieron los que fueron dejados. Porque la respuesta corta es decir simplemente: fue un privilegio ser la hija o la esposa o el padre de este gran hombre de Dios. La historia completa es también preguntarnos: ¿y qué pasaba cuando papá estaba meses fuera de casa? ¿Qué pasaba cuando necesitábamos un abrazo o un consejo? Siempre resulta interesante mirar tras bastidores en estos casos.
En las palabras de ambas se siente el dolor de un esposo y de un padre que, a menudo, se ausentó de ciertos eventos que a la familia parecían importantes. Yiye no estuvo en muchos cumpleaños, nacimientos, aniversarios y graduaciones. Sin embargo, a ambas les brillaban los ojos al decir que él era muy auténtico. En casa, a solas o en público siempre fue el mismo. Durante la reunión, Yeya repitió varias veces: «No fue fácil».
Resultaba difícil mantener el paso de un atleta que llevó su disciplina deportiva al ministerio y a su relación con Dios. Doris me dijo: «El imponía su fe. Uno tenía que creer como él creía». Para Yiye la vida de fe era su rutina diaria. Pero también lo era ser cariñoso y amoroso.
El personal de trabajo era la familia y algunos voluntarios. Luego Dios fue trayendo algunos de los que se convertirían en piezas clave en el ministerio. Tito Atiles, Ito Tavares, Vicente Vale y cuatro jóvenes que se unieron en Estados Unidos y se mudaron a vivir en la casa de Tito para poder servir en el ministerio de Yiye. Estos últimos eran Cipriano, Junior, Juan y Joaquín. Después del legendario ayuno de 41 días, se sumaron unas veinte personas más, y el ministerio se extendió como pólvora por todo Latinoamérica y Estados Unidos. Había nacido el Escuadrón Relámpago Cristo Viene.
¡Yo lo perdono!
Cuando Ilia murió, viajé para estar en el entierro. Yiye dijo que Dios le había hablado y que él debía predicar en la ceremonia. Describió allí cada detalle del momento en que vio el cuerpo apuñalado de su hija. Y comentó: «Cuando vi el cuerpo de mi muchachita lleno de huecos desde la cara hasta las piernas, el diablo quiso poner un pensamiento en mi mente. Pero levanté mis brazos y mis ojos, y grité. ¡Yo lo amo y lo perdono!». Junto a mí estaba el Licenciado Rafael Torres Ortega, que con un suspiro dijo: «Ay, Dios mío», al tiempo que derramaba lágrimas. Ese grito de perdón contrastaba con lo que se vivía en Puerto Rico durante aquellos días. En radio y televisión algunos predicadores se atacaban con críticas y señalamientos. Las tensiones, rencores y falta de perdón estaban a la orden del día. Pienso que el ejemplo de Yiye ayudó a bajar los niveles de ataques y resentimientos. El evangelista y expandillero de Nueva York, Nicky Cruz, reaccionó diciendo: «Yiye ya vive en el cielo, aunque aún no se ha enterado». Esa era la opinión de todo el que se relacionaba de cerca con él.
Le pedí el divorcio tres veces
A raíz de la conversión de Yiye, Yeya le pidió el divorcio tres veces. Una de las primeras victorias fue la conversión de Yeya. De inmediato Yeya comenzó a ganar almas. Ganó para Cristo a su madre, Carmen Mora, quien muy pronto se convirtió en evangelista. Y Yeya viajó con Yiye en sus primeras campañas, donde predicó ella también.
Pocos saben que alguna vez Yiye fue profesor de Carmen Delia «Yeya», y allí nació el amor entre ellos. Ella me dijo con una sonrisa: «Me casé con mi profesor de química». Como dato curioso, fue la abuela de Carmen Delia quien la apodó Yeya durante la adolescencia. Luego ocurre la coincidencia de que se conocen y forman esta interesante pareja con apodos similares.
Una de las cosas que Yeya me comentó fue que en ocasiones sueña con Yiye, que él la abraza y que, en el sueño, ella le dice: «Quédate conmigo, quédate conmigo». Luego despierta y lo extraña. Eso me hizo recordar que en mi diálogo con el actual presidente del Ministerio Cristo Viene, este me contó que ya en la etapa en que Yiye contemplaba la posibilidad de su muerte, le dijo: «Tommy, cuídame a Yeya». El amor sigue vivo.
Otro detalle
Yeya fue la primera en ir a la cárcel para perdonar al asesino de su hija. Ella cuenta: «Frente a mí, a través del cristal, por teléfono, me incliné para mirar la cara de Rafael, y le dije, “Vine a perdonarte”. Puso la mano en el cristal y yo puse la mía, y lo bendije. Le dije que Jesús lo amaba y que deseaba perdonarlo. Al irme sentía que me caía. Me tuve que recostar del dintel de la puerta para no caerme. La experiencia fue muy fuerte, pero sentí la necesidad de liberar esa alma, a fin de que se acercara a Dios. Me han dicho que está predicando en la cárcel. Yo doy gloria a Dios por eso».
Soy el más bendecido
A nadie bendecirá leer este libro tanto como a mí me ha edificado escribirlo. Recibí tanto de los entrevistados que no podré contarlo todo, pero quedará en mi corazón para irlo entregando gradualmente.
El tenor Carlos Seise me testificó que a los nueve años sufrió una infección de oído. Poco a poco perdía la audición. Para entonces, Yiye Ávila realizaba una campaña evangelística en Carolina, Puerto Rico. Su mamá decidió llevarlo. Esa noche el niño se convirtió a Cristo; Dios sanó su oído y posiblemente el mundo de la música clásica ganó un gran intérprete.
Las campañas crecían de forma asombrosa. Ito Tavares dice que después del ayuno de 41 días lo que más se hacía en las oficinas era orar. El teléfono se atendía las veinticuatro horas del día para orar por las peticiones que llegaban. En Chile se usó el parque O’Higgins y la multitud era difícil de contabilizar. El presidente Pinochet lo invitó a su oficina y le envió el helicóptero presidencial para traerlo de la ciudad donde se encontraba predicando. Los milagros alcanzaron a todos, cristianos, inconversos, miembros del ministerio y familiares. Muelas dañadas, sobrepeso, curvatura de los pies, cáncer, sordera y hernias eran sanados diariamente. El hijo de Ito recibió una platificación en una pieza dental.
También hubo lugares donde la persecución obligó a tener que trasladar escondido a Yiye. Países como Argentina, México, Perú y Bolivia fueron recorridos por él de frontera a frontera. Se utilizaban todos los medios disponibles para llevar el mensaje del evangelio: discos de acetato, cartuchos de ocho pistas, casetes, CD y DVD. Tuvieron que abrir oficinas en casi todos los países latinoamericanos.
El que invita paga
En mi reunión con el tesorero de la Junta Directiva de Cristo Viene, le pregunté sobre el salario de Yiye. Me dijo: «Él no permitió que se lo aumentáramos. Se mantuvo en trescientos dólares semanales hasta su muerte. Mantuvo sus gastos personales al mínimo y no tenía lujos, aunque el ministerio tenía un presupuesto de varios millones de dólares anuales. Cuando el departamento de contabilidad mostraba preocupación por los gastos de las campañas, la televisión o los orfanatos, Yiye respondía lo mismo: “El que invita paga”».
Me contó Josué Hernández, supervisor del departamento de contabilidad, que entrado Yiye en la última etapa de su vida, pidió ser llevado por cada oficina del edificio del Ministerio Cristo Viene, y llevaba consigo la Biblia, como era su costumbre. Con el dedo señalaba un versículo insistentemente. Aunque ya casi no podía hablar, insistía señalando un versículo. Al mirar, se leía: Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios (1 Juan 4:7). Su último recorrido por las oficinas fue para decir: «Ámense los unos a los otros».
Tito Atiles, uno de los primeros miembros del Ministerio Cristo Viene, dice que siempre dependieron del Señor para todo, incluyendo las finanzas. Estando en Ciudad Juárez, México, una mujer entregó un cheque de un banco de Estados Unidos por 100 000 dólares. Algunos miembros del equipo evangelísticos dijeron que seguramente era un error, que probablemente quería dar cien dólares. Y en efecto fue un error. La mujer vino el próximo día para sustituir el cheque, y entregó uno por 500 000 dólares (medio millón).
Esteban Paredes Jr. llegó a trabajar en la Cadena del Milagro sin ser salvo. Poco tiempo después Yiye, de forma personal, lo llamó a su oficina para predicarle y conducirlo a los pies de Cristo. Para Yiye, evangelizar no era asunto de púlpito. Esteban comenta: «Para mí Yiye fue una escuela».
Tingo Rodríguez Pérez es uno de los muchos evangelistas que se desarrollaron junto a Yiye Ávila. Él comenta: «Me impresionaba que se negaba ir a los hoteles y prefería quedarse en casa de hermanos, economizando cada centavo que podía. Vi milagros de todo tipo en esas campañas, y abundantes conversiones cada noche».
Felix Cardec es otro de los convertidos en las campañas de Yiye. Actualmente dirige la revista del ministerio La Fe en Marcha. En su mejor momento la revista distribuía 220 000 ejemplares mensualmente. Cardec dice que esperaban que Yiye viviera hasta el rapto, pero que ahora la responsabilidad es que la Cadena del Milagro, La Fe en Marcha y los tratados sigan llevando el mensaje. Yiye no está, pero su mensaje continúa llegando a miles cada día.
Campañas poco tradicionales
Andrés Claudio me contó de eventos como los de Perú, donde Yiye fue acompañado de diez evangelistas que recorrieron el país predicando. Hicieron este tipo de invasión evangelística en varios países. El 31 de diciembre de 1986, mientras el Hotel Dupont Plaza, de San Juan, Puerto Rico, se quemaba, el equipo de evangelistas marchaba con tristeza rumbo a otra jornada evangelística. Alejarse de su tierra en esas circunstancias era muy difícil, pero nada detenía a Yiye cuando se trataba de la predicación. Dios los premió. En ese viaje tuvieron más de 5000 profesiones de fe. En Arequipa los católicos lo invitaron a predicarles. Fue impactante: curas, monjas y feligreses se entregaron a Cristo.
El Estadio Modelo, en Guayaquil, Ecuador, con capacidad para 42 000 personas, se llenó más allá de su capacidad. El pastor Jairo Santa, de la Alianza Cristiana y Misionera, me dijo en testimonio personal que llovía fuera del estadio copiosamente, pero que adentro del estadio no caía una gota de agua. Impresionado por el fenómeno, el pastor Santa salió del estadio y volvió a entrar en repetidas ocasiones, confirmando que en derredor del estadio llovía, pero no adentro.
Yiye era profeta en su tierra
El pastor Ernesto Santos comenta: «Lo conocí en 1972. Yo era pastor en Barahona de Morovis. ¡El ayuno de 41 días fue la gran noticia! Vine a conocerlo. Yiye contribuyó a que yo fuera un ministro de éxito. Aprendí a ayunar y venía a orar a las cuatro de la mañana. Vi que Yiye no interrumpía la oración para atender a nadie». La oración, para Yiye, era una audiencia privada con el Dios del universo. El pastor Santos afirma: «Sobre todas las cosas, Yiye era un hombre de oración».
Santos fue a pastorear en Camuy, la ciudad de Yiye, y tuvo como miembros a la familia de Yiye Ávila. No es fácil pastorear a la familia de un hombre que la ciudad entera respeta. Tenía cultos los lunes en el templo de la iglesia y la asistencia era mayor que los cultos regulares de los domingos. La iglesia local creció a raíz de lo que ocurría los lunes en el culto auspiciado por el Ministerio Cristo Viene. Cada lunes era noche de milagros y conversiones.
Atrapado en una encrucijada
Le pregunté a Tommy Figueroa sobre los momentos difíciles junto a Yiye. Me contó que, en la campaña de Nueva York, él estaba probando a las personas que deseaban dar su testimonio de sanidad, y un hombre le dijo que Dios le había sanado el oído sordo. Dice Tommy que él le hablaba, pero el hombre no escuchaba. Desde la tarima Yiye se dirigió a él, y le dijo: «Pásamelo, porque Dios me dijo que está sano». Tommy se sintió en una encrucijada. Era evidente que el hombre estaba sordo, pero Yiye decía otra cosa. Finalmente, el hombre fue a donde Yiye, y este probó sus oídos ante miles de personas. El hombre escuchaba perfectamente. Tommy dice que aprendió que contra la fe no se puede luchar.
En otra campaña en Nueva York, trajeron a una anciana en ambulancia y decían que había muerto en el trayecto a la campaña. Los paramédicos la certificaron muerta. Yiye la llamó con gran autoridad. La mujer testificó que sentía que se iba por un túnel y que al final veía una luz, cuando escuchó la voz de Yiye que la llamaba. No hubo explicación médica, pero la mujer estaba viva. Algo sobrenatural había ocurrido; aun los paramédicos estaban atónitos.
Tommy Figueroa testifica que Yiye tenía una gran carga por la juventud. Pidió organizar un encuentro de jóvenes, y en el Estadio Juan Ramón Loubriel, de Bayamón, P. R., unos 20 000 jóvenes llenaron el lugar. Después de la predicación, oró por el bautismo del Espíritu Santo. Entró como un viento recio. Una manifestación única. Miles de jóvenes fueron llenos del Espíritu Santo.
Se realizaron unos quince encuentros de jóvenes. Se celebró en Guayaquil, Ecuador, y las escuelas públicas cerraron para que los estudiantes pudieran participar en la celebración. En cada país o ciudad de Estados Unidos los encuentros de la juventud fueron impresionantes.
Pregunté a Tommy, «¿Cómo desea que recuerden a Yiye?». Me dijo: «Por su obediencia a Dios». Cuando él estaba seguro de que Dios le había hablado, nada lo podía detener. Sin finanzas, avanzaba confiando en que aquel que lo había llamado lo respaldaría. Aun los contrarios lo respetaban. Un periodista puertorriqueño que es abogado le preguntó a un cura: «Si Yiye Ávila fuera católico, ¿qué lugar ocuparía en la iglesia?». El cura respondió: «Si Yiye Ávila fuera católico, estaría canonizado».
El último milagro
Quise entrevistar al Dr. Luis Paz, médico que lo atendió durante los últimos años. Me narró lo siguiente:
Después de su percance médico, yo lo visité. Me exigía que orara con él una hora; ya tenía 78 años cuando lo visité por primera vez. Me recibía como a un hermano en Cristo que sucede que es médico. Con Yiye aprendí que Dios era real. Yiye era real, era auténtico como el Dios a quien servía. En él no había zonas grises. Creía algo o no lo creía.
Yo le cerré los ojos cuando murió en su pequeña camita. Yiye decía que se iría en el rapto. Unos cinco meses antes de morir, me dijo: «Hablé con el Señor y le dije que si no me va a sanar y no voy a predicar, me voy a ir con Él». Ya él sabía que partiría antes del rapto.
El último milagro ocurrió un mes antes de que Yiye falleciera. Casi no hablaba. Llegó una mujer de un país centroamericano. Ella había tenido una visión donde veía que Yiye colocaba las manos sobre ella y era sanada. La mujer sufría de leucemia. Me llamaron de las oficinas del ministerio para preguntarme qué hacer. Por un lado, no deseaban defraudar a la mujer que llegaba con esa fe, pero, por el otro, Yiye ya estaba muy deteriorado físicamente. Le dije a quien me llamó: «Llévenla, eso no le hará daño». Me pidieron que estuviera presente en el momento del encuentro. Acepté y fui. Era una joven sin cabello, muy delgada. Era una escena dolorosa. Ahora la joven lloraba al ver al debilitado anciano. Nada parecido al poderoso predicador que ella veía por televisión. Yeya tomó el brazo de Yiye y lo colocó sobre la cabeza de la joven. Enseguida, Yiye alzó su voz y dijo: «En el nombre del Señor». No dijo más. Ella lloró. Se fue. Luego llegó una comunicación del testimonio. La joven entró en inmediata recuperación. El cáncer desapareció. Dios la sanó.
Salí de la oficina del Dr. Luis Paz impresionado por su testimonio. Oro para que este libro alcance a una generación que no conoció a este hombre de Dios, pero que puede conocer al Cristo a quien él servía.
Jorge Raschke
El evangelista Jorge Raschke me dijo que cuando Yiye comenzó, algunos reaccionaron con temores a su ministerio. Creían que podía convertirse en un falso profeta. «Tres evangelistas levantamos la voz a favor de él —dijo Raschke—: Eugenio Jiménez, David García y yo».
No había nada que temer. Su intensa pasión era sana. Dios levanta hombres ungidos en cada generación. Dice Raschke:
Vi que Yiye no odiaba a quienes lo atacaban, sino que los perdonaba y amaba. Yiye fue capaz de vivir los cambios que Dios exigía. Se superó y balanceó. La CDM refleja a un hombre sabio, humilde y balanceado. Cuando pasé una gran lucha en mi vida, él me dio fortaleza y consuelo. Yiye tenía un espíritu de restauración. Abría puertas a los que se levantaban. Él me recibió cuando yo estaba en medio de la más grande tormenta de mi vida. Era un hombre de paciencia. Me respaldaba, nunca me abandonó. A través de él mi familia fue bendecida. Una de mis hijas se convirtió con él. Mi otra hija, Kathryn, fue sanada de la vista por medio de Yiye.
Dios me sanó de malaria cuando Yiye oró por mí. La contraje en la selva amazónica. Debemos honrar a ese hombre que fue un verdadero siervo de Dios. Oro para que este libro sea ese instrumento de honra.
En otra conversación, un evangelista mucho más joven, David Valle, me dijo: «Yiye Ávila ha sido mi modelo. No por lo que hacía, sino por lo que era. Una vez, estando en la ciudad de Nueva York y sabiendo que había sido pelotero, lo llevé al Yankee Stadium. Él llevó su Biblia como siempre; lo llevé al dugout, y todos los jugadores hispanos se querían tomar fotos con él. Humilde y sencillo, Yiye fue un regalo de Dios para nosotros. Quien lo recibió, creció».
Valle me contó que, en el aeropuerto de Puerto Rico, Daddy Yankee, el rapero, se acercó para saludar a Yiye, que no tenía idea de quién era aquel joven; pero cuando le dijeron que era rapero, le dijo: «Lo más importante es la letra».
Nicaragua, marzo de 1987
Daniel Ortega, el presidente de Nicaragua de entonces, autorizó la visita de Yiye Ávila para predicar en el 28º Aniversario de Radio Ondas de Luz. Fueron más de 60 000 asistentes en tiempo de guerra. Fue glorioso. Yiye había pedido una reunión con el presidente y le fue denegada. Una enfermera cristiana llevó ocho paralíticos a la campaña y todos dejaron las sillas de ruedas. El impacto de lo sucedido trascendió.
Al otro día, Yiye ministraba a los pastores, y llegaron los de la seguridad del Estado buscando a Yiye, «porque el comandante Ortega lo estaba esperando». Los pastores le pidieron a Yiye que fuera a la reunión con el presidente (comandante). Le indicaron que solo tenía quince minutos para hablar con Ortega. La conversación entre Yiye y Ortega comenzó, y cuando entró el oficial para indicar que la reunión terminaba, Ortega se puso de pie para decir que aún no habían terminado. Conversaron por más de dos horas y media. Ortega amó a Yiye. Yiye lo invitó al cierre de campaña, en el cual orarían por la paz.
Transmitiendo a Centroamérica y a Puerto Rico, el comandante saludó, y no habló de política; ofreció a Yiye que podía venir a Nicaragua cuando quisiera, al lugar del país que quisiera. De una vez Yiye le dijo: «Vengo en noviembre». Fue impactante. Oraron por la paz de Nicaragua y Centroamérica. Luego en agosto se reunieron los presidentes y se firmó el Acuerdo de Paz de Esquipulas.
Yiye vuelve en noviembre y viaja por toda Nicaragua: Estelí, Jinotepe, Chichigalpa y otras ciudades. Termina en Managua en un terreno abierto. En el cierre de ese evento, se calculó una asistencia de más de 200 000 personas. Ortega testificó públicamente que la oración de Yiye provocó el milagro de la paz en Centroamérica. El evangelista Pedro Rosa fue el coordinador de ese evento. Me dijo: «El Yiye que yo conocí era humilde y sano; lo extraño».
La mató un rayo
Carmen Delia Rivera tenía como su principal responsabilidad la oración. Viajaba a las campañas para mantenerse orando con el grupo de intercesores locales. Durante la campaña de Chicago, se suscitó un evento trágico y singular. Una mujer se burlaba de Yiye, interrumpiendo el culto. Ante miles de testigos, el cielo azul se oscureció y un único rayo cayó sobre la cabeza de la mujer, matándola al instante.
Carmen Delia, la intercesora, corrió a tratar de auxiliarla, pero estaba muerta. La cubrió con su abrigo. El temor llenó los corazones, y ese fue el tema de conversación por muchos años. He conversado con personas que estuvieron presentes, y todos afirman que la historia es real.
Tomaba un avión en la ciudad de Miami cuando vi al cantante René González que se acercaba. Después del saludo lo invité a desayunar. Ya en la mesa, surgió el tema del libro «El Yiye que yo conocí». Le comenté sobre el incidente de Chicago y me dijo: «Yo estaba cantando en esa campaña. Lo ocurrido fue único. Mientras esa mujer se burlaba de Yiye, repentinamente el cielo se oscureció y cayó un solo rayo. Ella cayó muerta y los presentes fuimos tomados por un profundo temor a Dios».
En otro lugar, un joven subió con un puñal para matar a Yiye. De pronto, cayó al suelo y el puñal cayó de su mano. Dijo que había sentido un golpe en la cabeza y había perdido las fuerzas. «Con Yiye aprendí —dijo Carmen Delia— que las batallas se ganan de rodillas».
En el entierro de Yiye le preguntaron a Tommy Figueroa: «¿Y ahora quién tomará esos zapatos?». Tommy respondió: «A Yiye lo vamos a enterrar con los zapatos puestos».
No hay desánimo
Recorrer hoy los pasillos del edificio Cristo Viene es tropezarse con personas llenas de vida. No hay desánimo, sino sueños que hablan de lo que Dios está haciendo y hará. Gloria Velázquez, una de aquellos veinte que fueron llamados por Dios después del ayuno de 41 días, me dijo: «Tú estás autorizado para escribir la biografía». Escucharla fue como recibir un mensaje del cielo, pues ella fue la primera secretaria del ministerio.
Gloria describe a Yiye como un héroe del pueblo, siempre sonriente y amado de los vecinos. El 27 de diciembre de 1972, ella recibió el llamado y dejó su empleo para trabajar tiempo completo en el ministerio junto a Yiye Ávila. En esa primera etapa, dice Gloria que no había día libre. Se trabajaba los siete días de la semana. El Yiye que Gloria Velázquez conoció muy bien era humilde y perdonador. Lo vio perdonar a personas que lo habían criticado fuertemente y nunca permitió que los miembros de su ministerio lo defendieran atacando a otra persona. En Cristo Viene, perdonar y olvidar era parte de su cultura.
Como secretaria supo que toda ofrenda debía ser depositada en la cuenta del ministerio, aun aquellas que llegaban dirigidas a Yiye personalmente. Gloria me expresó: «Me emociona saber que miles de personas que no conocieron al hermano Yiye Ávila ahora lo conocerán a través de este libro. Doy gloria a Dios por este esfuerzo, que traerá mucha bendición».
Un caudal de inspiración
He escrito varios libros y es muy probable que escriba otros, pero El Yiye que yo conocí ocupará un lugar muy especial entre ellos. En este trabajo he querido cubrir algunos objetivos:
Honrar la memoria de Yiye. Él fue un paradigma de cristiano en cuanto a su vida y ejemplo se refiere. Yiye, como cualquier humano, seguro tenía sus desaciertos y pecados, pero he querido centrarme en aquello que honra a Dios en la vida de este siervo. Cuando honramos a Dios, somos honrados también. Quiero que este trabajo constituya un tributo a este gran siervo.
Aprender de su vida y ministerio. Procuro dejar una reseña de su vida y pensamiento. No solo cuento los hechos hasta donde los he conocido, sino que procuro interpretar y aleccionar a partir de los diferentes sucesos. De manera que este trabajo no es propiamente una biografía en el sentido más estricto, sino que es también un manual ministerial de donde los diferentes ministros puedan recibir un seminario o instrucción inspirado en la vida de Yiye Ávila.
Teologizar a partir de sus vivencias. Aunque Yiye mismo, como expreso más adelante, no se dedicó al quehacer teológico, su ministerio, de por sí, en su dimensión pragmática, implica un pensamiento y, por tanto, teología. Esparcidas por toda la obra se encuentran reflexiones que implican un análisis teológico. Además, el lector podrá encontrar en la segunda parte de este trabajo una selección de tópicos doctrinales que, aunque incompleto, de alguna manera aluden y repasan criterios de Yiye. Considerar el pensamiento de Yiye en un texto histórico y escritural le permitirá al lector ver que él no era un predicador improvisado sino un lector voraz y piadoso de las Escrituras.
Testificar de la obra de Dios. El evangelio es un testimonio de la obra de Dios en Cristo. Los testimonios son valiosos instrumentos del obrar divino. Dios se ha valido de la historia de hombres que despiertan el interés de las masas en lo divino, en lo espiritual, en lo sobrenatural de Dios y, sobre todo, de la necesidad de salvación del pecado. Para su época, Yiye fue esa poderosa herramienta, y merece que más allá de su vida física quede un documento que siga testificando a las futuras generaciones.
Inspirar a vivir para Dios. No son pocos los que han escuchado buenos sermones y estudios bíblicos sin ser conmovidos; sin embargo, cuando ha llegado un hombre que modela a Cristo y destila evidencia del poder de Dios, muchos se han movido por el impacto de la inspiración de su vida. Yiye inspira a vivir en santidad, inspira a evangelizar, inspira a orar y ayunar.
Yiye es una gran motivación de vida y de ministerio cristiano, y para aquellos que se puedan encontrar atrapados en el desánimo, la soledad, o la carencia del poder espiritual, espero que puedan encontrar en su testimonio ese caudal de inspiración que los levante y reconforte para seguir adelante.
DR. LUIS A. DÍAZ-PABÓN